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¿Qué papel hicieron los latinoamericanos en la ONU?

La Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, celebrada la última semana de septiembre, mostró coincidencias entre presidentes de países de Latinoamérica en el crucial asunto del cambio climático y sus exigencias a las economías desarrolladas para que se comprometan seriamente en la lucha contra el calentamiento global. 

Con Brasil a la cabeza, los gobernantes latinoamericanos que pasaron uno a uno por el estrado de la ONU no pusieron reparo en reclamar los efectos que ejerce la “injusticia ambiental”, como la calificó Dilma Rousseff, sobre las poblaciones más vulnerables.
Pero la cita de Nueva York también tuvo otros ingredientes: Argentina aprovechó para pedir a sus pares espíritu corporativo frente a su denuncia a los llamados “fondos buitres”, que reclaman el pago de compromisos con personas que tienen títulos vencidos de deuda.
Con la guerra contra el Estado Islámico como telón de fondo, y la crisis sanitaria global por el Ébola, los mandatarios latinoamericanos más enfrentados a Washington hicieron llamados diplomáticos a la paz y exhortos a la solidaridad humanitaria con las naciones africanas afectadas por la epidemia.
Nicolás Maduro, estrenándose en es escenario mundial, se aferró a la retórica clásica de la izquierda, con poca resonancia.
Pero dos temas sensibles también gravitaron en la cita mundial: la reorganización de la ONU que demandan los países en desarrollo para un mayor protagonismo político en la toma de decisiones mediante la ampliación del Consejo de Seguridad, y –derivado del anterior- la candidatura por el puesto no permanente en la misma instancia.
A pesar de las posiciones más o menos comunes en ambos puntos, son pocos los observadores y analistas que en las actuales circunstancias, con la lucha contra el terrorismo internacional y el integrismo islámico de por medio, creen que ha llegado la oportunidad para cambiar el tablero y las reglas del juego.
Y aquí si afloran las diferencias ideológicas y políticas de la región. México es poco amigo de que Brasil sea el representante único de Latinoamérica en el foro de los poderosos, desconfianza que también opera en sentido contrario.
Desde otra perspectiva, a las naciones poderosas tampoco les hace mucha gracia la presencia fija de Brasil en una de las sillas del consejo de seguridad, menos aún con el discurso que Rousseff dirigió en su oportunidad ante el micrófono, más en clave electoral interna que a la grada global.
La opción de que Venezuela ocupe un asiento no permanente es vista con antipatía, no solo por Washington sino también por Europa. Su posición ambigua con relación al Estado Islámico, los apoyos explícitos a los regímenes de Irán, Siria y Cuba, amén de su dudosa vocación democrática y de respeto a los derechos humanos, tal y como se les entiende en Occidente, no la hacen el mejor candidato.
A pesar del desagrado y discretas gestiones para evitarlo, ya el bloque latinoamericano parece decidido a respetar acuerdos que conllevarían a la designación un representante de Caracas en el consejo de seguridad. Es bueno recordar que la hija del fallecido presidente Hugo Chávez, Gabriela Chávez, fue nombrada embajadora alterna de Venezuela ante la ONU. Muchos se preguntan si con el apoyo tras bastidores de la diplomacia Cubana, hay planes de curtirla en la escena global para construirle un perfil político con intenciones ulteriores en Venezuela.

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